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Edificios inteligentes que responden al movimiento

Terremotos, huracanes, explosiones y el propio tráfico automovilístico producen vibraciones y movimientos que pueden llegar a ser catastróficos para puentes y edificios. Ante estas eventualidades, los ingenieros Billie Spencer Jr. y Michael Sain de la University of Notre Dame están diseñando sistemas que les permitan actuar, ajustándose a ellas sin que se necesiten emplear grandes cantidades de energía.

Normalmente, los edificios están sometidos a un gran número de fuerzas externas cambiantes, por lo que deben ser construidos con materiales resistentes y formando una estructura que permita disipar la energía y reducir el daño. De la misma manera, los coches han sido diseñados para que puedan continuar funcionando cada vez que encuentran un bache, pero para ello utilizan amortiguadores en la suspensión que reducen los efectos inmediatos del movimiento irregular. En los edificios modernos se aplica también este sistema, una técnica que a la sazón es más económica que multiplicar la resistencia de los materiales empleados en su construcción. El problema es que para que sean efectivos, los amortiguadores deben saber actuar con rapidez. Por eso, en momentos no críticos, los edificios tendrán que configurar sus amortiguadores para que sean relativamente "blandos", de manera que los movimientos sean suaves y no perjudiquen a lo que contienen en su interior. Al contrario, durante un movimiento sísmico tendrán que aumentar su dureza de forma exponencial, o si no se corre el peligro de empeorar la situación. El amortiguador que han diseñado Spencer y Sain hace precisamente esto. Está basado en el que se utiliza en los automóviles: un pistón dentro de una cavidad llena de aire o fluido. Las fuerzas de resistencia que es capaz de generar, en cambio, son ajustables. El líquido utilizado es aceite con partículas de hierro en suspensión. La viscosidad del fluido (y por tanto la resistencia del mecanismo), puede regularse creando un campo magnético de mayor o menor intensidad. Sensores instalados en el edificio pueden determinar en tiempo real la dirección en la que se está movimiento y por tanto modular la resistencia de una serie concreta de amortiguadores. Además, el método usa poca energía, ya que cada amortiguador sólo gasta 50 vatios, pudiéndose emplear baterías, las cuales no dependen de la red eléctrica (a menudo fuera de servicio durante un terremoto).

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