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Padres y Educadores transmitan siempre:

Alegría, sentido del humor, capacidad para dramatizar y ver el lado bueno de las cosas. Si enseñamos a nuestros hijos a vivir con alegría y se la contagiamos, contribuiremos a que formen una personalidad sana, generosa y abierta. 

Respeto, tratar al otro tal y como desearías ser tratado tú. Respetar significa dejar que el otro sea el mismo, equivocarse y corregir sus errores y no colgarle constantemente etiquetas negativas ni tratar de que adopte su forma de ser y de comportarse a nuestro capricho. 

Amor, pero dar y enseñar un amor como algo permanente. Un niño necesita amar con confianza y pensar que el amor es tan seguro como el amanecer, como la salida del sol cada mañana. Sólo la seguridad en el amor le dará suficiente consistencia interna y confianza en si mismo, para afrontar las dificultades a lo largo de su vida con verdadera madurez. 

Honradez, integridad, sinceridad, coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Que los demás puedan confiar en nosotros porque cumplimos lo que prometemos y respetamos lo que es de los demás. Si tu hijo trae a casa algo que ha sustraído en el colegio o en alguna tienda, hazle entender que ha cometido una mala acción. No le castigues ni culpabilices, pero exígele que devuelva lo sustraído y reconozca que ha obrado mal. Así aprenderá a ser íntegro desde pequeño. 

Valentía y valor para encarar las dificultades y contratiempos. El niño tiene que aprender a hacer cosas que no le gustan, pero que le convienen para su formación, y saber que las dificultades serán sus compañeras de por vida. Sólo con valentía y tesón logrará superarlas. 

Fe, confianza, esperanza. Fe en sí mismo, confianza en sus capacidades. Capacidad para soñar y proponerse una meta con ilusión y entusiasmo, y creer firmemente que logrará cuanto se proponga. 
  

Generosidad, deseos de hacer el bien, de sentirse útil, de ser ciudadano del mundo y hermano entre sus hermanos, los hombres de cualquier raza y condición. 

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