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Las Oleadas Tecnológicas y la Educación

No se puede negar que estamos en el medio de una tormenta mediática en relación con la tecnología informativa, en especial Internet, que se presenta, no solamente como una herramienta tecnológica esencial de la Sociedad del Conocimiento, sino como la nueva frontera hacia el desarrollo. La metáfora empleada es la de un tren de alta velocidad, que representa nuestra última oportunidad para salir del subdesarrollo. No debemos correr el riesgo de perderlo. Hemos perdido tantas oportunidades, que no podemos darnos ese lujo. Pero deberíamos entender mejor de qué se trata.

La frustración por las numerosas oportunidades de progreso que hemos perdido en el pasado nos hacen a la vez escépticos y susceptibles a entusiasmarnos con las últimas novedades. La ignorancia nos hace fanáticos y nos impide la crítica racional. La educación es el antídoto contra la ignorancia. Como el fanatismo -a favor o en contra- se refiere a la tecnología, sea ella la nuclear, la biogenética, la informática o la industrial, es la Educación Tecnológica donde se concentra la defensa contra el fanatismo tecnológico -repito: a favor o en contra.

Las oportunidades del pasado, están perdidas. Nada como una mirada a nuestra historia para comenzar a entender en qué momentos las perdimos, y por qué. Comenzamos a perderlas en la década de 1870, cuando por primera vez elegimos conscientemente confundir las conveniencias inglesas con las nuestras. Hubiésemos hecho mejor en escuchar a los que, como Carlos Pellegrini, instaban a la industrialización del país. Ese era el camino en el que, en aquella época, los países desarrollados no nos llevaban tanta ventaja que no hubiésemos podido superar. Desde entonces, esa ventaja no hizo más que agrandarse. Como había una crisis, los próceres se asustaron un poco, pero no lo suficiente. Prefirieron confiar en las teorías liberales y la amistad de los clientes ingleses, que, entonces como ahora, nos estaban destinando a ser el granero de las potencias desarrolladas. Luego, vino la euforia de la expansión del país, y se produjo una verdadera minirrevolución tecnológica, pero a medias. Se construyeron miles de kilómetros de ferrocarriles, pero ni se pensó en construir locomotoras ni en fundir los rieles. Hasta el carbón era inglés, y sólo los durmientes eran de quebracho argentino. Se importaron frigoríficos, pero ni se pensó en construirlos, ni los barcos que llevaban a Europa, la carne enfriada, la lana sucia y los granos en tal cantidad que durante treinta años, los pocos argentinos y los muchos extranjeros podían vivir como los australianos. A comienzos del siglo XX Buenos Aires se comparaba con París. Pero nadie pensó en el futuro, y a partir de allí, cuando se alcanzaron los límites geográficos de la pampa, y la guerra cortó el comercio normal, se vio que la diferencia entre la Argentina y los países desarrollados había crecido hasta formar un abismo que ya nunca más pudo cerrarse. La crisis de 1929 y otra guerra terminaron de demostrarlo, pero los dueños del país algo habían aprendido, así que en la década llamada la infame se produjo por fin cierto despegue industrial, a pesar de que se dejaron decaer en la obsolescencia los frigoríficos y los ferrocarriles. Se lo llamó "sustitución de importaciones", pero era industria y permitió el crecimiento y la acumulación. Después vino el peronismo, que distribuyó parte de la riqueza, pero interrumpió el proceso de acumulación de capital, y a la vez sobreprotegió y estranguló una industria defectuosa, en vez de orientarla hacia una sustentabilidad basada en la calidad y en la eficiencia. El gobierno militar que lo derrocó creó un sistema nacional de investigación científica y desarrollo tecnológico, pero no logró atarlo firmemente al aparato productivo, y, cuando el desarrollismo de Frondizi produjo un segundo empujón a la industrialización del país, ya era con capitales y tecnologías extranjeros que se fabricaban las cosas. El tercer empujón vino en 1971, con leyes de apoyo al desarrollo tecnológico e industrial basado en el esfuerzo argentino, pero con la dictadura militar de 1976, antes de que hubiese madurado nuestra industria, se abrieron las compuertas de la competencia que una industria sobreprotegida no pudo soportar. Empezó el retroceso y la desindustrialización del país, que no da muestras de revertirse. En el camino, se produjeron las revoluciones tecnológicas de la aeronáutica, de la electrónica, y de la informática, y a todas ellas las desaprovechamos, y las dejamos pasar cuando estábamos en condiciones de subir a los trenes de alta velocidad de lo que, cada una en su época, eran las industrias más dinámicas del momento.

Ahora, los dinamizadores de la economía son la informática y la biotecnología. La biotecnología se basa en una de las ramas de la ciencia en que mejor nos desempeñamos, pero por alguna razón no se habla mucho de ella, por lo menos en vos muy alta, a pesar de que se insiste en que somos proveedores natos de alimentos para un mundo hambriento. En cambio, Internet goza de muy alta visibilidad y apoyo oficial. ¿Estamos capacitados para darnos cuenta cuán realista es la esperanza depositada en esa herramienta? Para poder saberlo debemos entender muy bien cómo funcionan las herramientas tecnológicas de la globalización, y cómo se relacionan las industrias más dinámicas con las tradicionales. ¿Será posible usar bien esa herramienta que es Internet? ¿Reemplazaremos con servicios informáticos las industrias que cierran? ¿Podrá esa herramienta dar trabajo a suficientes cerebros argentinos, ya que los brazos ya no hacen falta? ¿Hasta qué punto comprendemos las fuerzas que nos arrastran, y hacia dónde nos arrastran? La marginalización de grandes porciones del pueblo argentino, ¿es irreversible o podemos recuperar a los millones de desocupados? ¿Qué hay que hacer para generar empleo, y cuáles son las habilidades que debemos fomentar en nuestros alumnos, para que puedan tener mejores chances de sobrevivir? Esa es la apuesta de la Educación Tecnológica: entender el mundo actual, y aprender y enseñar a nadar en los mares procelosos de la globalización sin ahogarnos, como lo hemos hecho casi siempre, hasta ahora.

Es una apuesta fuerte: en ella nos va la existencia como Nación.

Tomás Buch

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